“Conservar la biodiversidad es más que conservar especies concretas, es también preservar sus interacciones ecológicas”

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Si imaginamos la vida como una red podemos entender que está llena de interacciones que se entrelazan. De relaciones que permiten a su vez seguir tejiendo esa malla formando un entramado en el que si alguno de sus componentes ve alterado su estado, afectará a todo el conjunto.

Pedro Jordano expone en el XXIII Congreso Español de Ornitología Las aves en la Red de la Vida, una sesión en la que presenta las interacciones ecológicas de aves y plantas y lo que sucede cuando esas relaciones se pierden.

pedro jordano¿En qué consisten las interacciones entre las aves y las plantas?

Al igual que el cerebro funciona mediante una red compleja de interacciones entre neuronas, o internet configura otra red compleja de comunicaciones, el funcionamiento de un ecosistema no se explica con la mera suma de sus especies animales o vegetales, sino que requiere conocer también las complejas interrelaciones que se establecen entre ellas. Aves y plantas forman una parte esencial de esta red de interacciones en muchos ecosistemas. Piensa que, tras los insectos, son los frutos y las semillas de plantas los recursos alimenticios más consumidos por las aves. Una parte de esas interacciones aves-plantas son mutualistas, de beneficio mutuo: la planta dispersa el polen o las semillas y las aves obtienen néctar, polen o frutos como alimento indispensable en su ciclo vital. Los millones de especies de la Tierra también forman redes de interacciones, tal que ninguna de ellas puede sobrevivir sin relacionarse con otras: depredadores y presas, parásitos y hospedadores, plantas y micorrizas, mutualistas, relaciones de competencia, etc. Las aves se encuentran entre los principales protagonistas de muchísimas de estas relaciones ecológicas.

¿De qué manera contribuyen estas interacciones al mantenimiento de la biodiversidad?

Las interacciones de beneficio mutuo entre aves y plantas conforman redes mutualistas, porque benefician a las especies que participan de ellas, y desempeñan un papel muy importante para la supervivencia de las especies y de los servicios ecológicos que prestan diversidad; lo que conocemos como “la arquitectura de la biodiversidad”. Uno de los principales objetivos de los ecólogos y biólogos evolutivos es comprender cómo se forman las redes de especies, cómo cambian sus participantes a lo largo del tiempo y cómo afectan a la evolución. Cuando las especies interactúan entre sí, a menudo no sólo evolucionan, sino que coevolucionan. Aves y plantas han coevolucionado en muchos grupos, y no podemos entender grandes radiaciones adaptativas de aves (p. ej., los colibríes, o los grandes cotíngidos de bosques neotropicales) sin comprender cómo su historia evolutiva ha estado embridada a la de las plantas que consumen. Las interacciones sustentan la biodiversidad porque de ellas se derivan recursos esenciales para mantener los ciclos vitales de plantas y aves.

 

¿Hasta qué punto afecta que se pierdan las relaciones entre aves y plantas?

La reproducción y regeneración natural de más del 90% de las especies de árboles y arbustos en las selvas tropicales (en el bosque Mediterráneo en España sería entre el 50-65%) no sería posible sin los insectos y aves que polinizan sus flores y dispersan sus semillas. Los ecosistemas son complejos y no hay ninguna especie en el mundo que viva sin interaccionar con otra. Precisamos identificar los componentes esenciales de esa complejidad para poder restaurarla y conservarla de la forma más eficiente y rápida posible. Si perdiésemos las aves frugívoras del bosque tropical o las del matorral Mediterráneo, estos ecosistemas colapsarían: las aves frugívoras “siembran” literalmente el bosque y contribuyen a su regeneración natural. Las interacciones de plantas y aves forman una parte muy importante de la estructura que sustenta estos ecosistemas.

¿Qué factores están poniendo en riesgo esas interacciones?

Hay varios factores pero dos son los más importantes, en mi opinión. En primer lugar la pérdida de hábitat, por ejemplo por deforestación o bien por incendios, etc. Por otro lado, aunque a menudo asociado a éste, la caza. Un estudio muy reciente ha mostrado que las abundancias de aves y mamíferos disminuyeron entre dos y tres cuartas partes en áreas con caza respecto a áreas protegidas. Las poblaciones de aves y mamíferos fueron literalmente esquilmadas entre 7 y 40 km desde puntos de acceso de cazadores como son carreteras o asentamientos.

¿Hay algunas aves con mayor resistencia a esos factores?

Sí, en general las especies más generalizadas en el uso de diferentes tipos de hábitats, las especies de menor tamaño, las menos sensibles a los “efectos de borde” o transiciones bruscas entre tipos de hábitats, y las menos dependientes de entornos de bosque maduro.

Basándonos en esas interacciones, ¿qué grupos de aves se consideran indicadores de la pérdida de biodiversidad?

Depende de qué área geográfica consideremos. Por ejemplo, en bosques tropicales- y considerando sólo los casos de interacciones mutualistas ave-planta, las grandes aves frugívoras como tucanes, cotíngidos, crácidos, grandes palomas frugívoras, y otros grupos. También, desde la perspectiva de la polinización, los colibríes y otras aves consumidoras de néctar como los nectarínidos en África o los melifágidos en Australasia. Otro tipo de interacción cuya pérdida da lugar a efectos en cadena en los ecosistemas es la de depredadores y presas; en este caso, grupos indicadores son por ejemplo las águilas y halcones y las rapaces nocturnas, o también- en el océano- las aves marinas; o bien las limícolas y aves acuáticas en áreas de estuario y marismas. Las aves en general muestran un amplio abanico de interacciones ecológicas y en cada una de éstas podemos identificar grupos clave según sus características de historia de vida. La idea clave es que conservar la biodiversidad es más que conservar especies concretas; es también preservar sus interacciones ecológicas, porque de ellas se deriva el funcionamiento de los ecosistemas.

¿Se pueden ver señales de que una interacción está fallando antes de que se produzca la extinción?

La extinción o disminución drástica de grandes aves frugívoras en la selva tropical brasileña, que propagan las semillas de los árboles, impide regenerar especies arbóreas, algunas de gran valor ecológico porque son las que captan más CO2. En áreas defaunadas, hemos documentado pérdidas de hasta tres cuartas partes del potencial de almacenamiento de carbono. Es lo que llamamos el “síndrome del bosque vacío”; en el que los árboles siguen ahí, pero con funciones ecosistémicas que se han perdido. Podemos observar señales de alerta temprana de pérdida de funciones ecológicas clave, como por ejemplo cuando observamos fracaso generalizado en la dispersión de semillas y crecimiento de plántulas en el bosque para las especies que dependen de aves frugívoras; esto es frecuente en áreas donde el bosque se encuentra fragmentado.

Nos puedes dar un ejemplo de interacción de ave y planta y de las consecuencias de la pérdida de esa relación.

En general, el impacto de las alteraciones ambientales causadas por el hombre tiene muchos efectos negativos en el resultado de interacciones mutualistas. El problema es que muchos de estos efectos son crípticos, no diagnosticables en estudios a corto plazo, por ejemplo; o en estudios que documentan únicamente la presencia de las especies. La extinción “críptica” de funciones ecológicas que son clave en los ecosistemas puede anteceder a la extinción de las especies que, con sus interacciones, contribuyen a estas funciones. Para el caso de dispersión de semillas por animales- principalmente aves- una revisión reciente documentó pérdidas sustanciales de la efectividad de la dispersión de semillas en 9 de cada 10 casos de alteración ambiental causada por el hombre. No obstante, es muy difícil documentar la co-extinción de, por ejemplo, una especie de planta tras la extinción de su polinizador o dispersor de semillas, ya que son interacciones muy generalizadas que involucran a múltiples especies. Los casos más claros se han documentado en islas oceánicas; por ejemplo, tras la extinción del dodo en la Isla Mauricio a finales del siglo XVII, varias especies de árboles de las cuales era su dispersor han quedado en situación relicta, al borde de la extinción- aunque no está claro el efecto de otras causas como la introducción de fauna exótica. En otros casos en islas, aves como la paloma pacífica del Archipiélago de Tonga, al sur de Polinesia, contribuyen a dispersar semillas de casi 40 especies de árboles, actuando como posibles “sustitutas” de otros frugívoros que se extinguieron en Tonga con la llegada de los humanos hace unos 3000 años. Estas palomas llegaron a Tonga tras la llegada de los humanos, pero han contribuido a “reemplazar” y evitar el colapso de la regeneración forestal tras la extinción de más del 55% de las especies frugívoras nativas en el archipiélago.

 

 

 

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